SABOR A NICOTINA

SABOR A NICOTINA

Me vienen a la memoria esos momentos inolvidables que sólo los veteranos fumadores tenemos el placer de recuperar de vez en cuando. ¿Quién no recuerda ese primer cigarrillo adulto? No. No me refiero a la primera vez, sino a ese primer pitillo que tras haber superado los sinsabores del fumador novato, forjaron nuestra identidad dentro de nuestras tribales amistades de juventud. Aquellos gestos robados a nuestros mitos cinematográficos, aquellas poses de presuntos rebeldes, aquellas maneras de emular a nuestros primos o hermanos mayores. En fin, aquellos momentos en que uno ya había aprendido a devorar el humo sin transfigurar nuestros rostros aún adolescentes. Los chicos, apostados con bizarra gallardía para que las chicas nos creyeran guerreros curtidos. Ellas, rivalizando con femenina elegancia para despertar nuestra atención. Ay, aquellos momentos en que uno abandona definitivamente la adolescencia para forjarse una identidad en el mundo adulto.

Quizás tan solo uno de cada cien cigarrillos se fuma con verdadera devoción y placer. El resto, en la mayoría de los casos es pura adicción. O afición. Pero dejad que me recree en ese nimio porcentaje que sólo los genuinos fumadores consentimos en experimentar como una sensación sublime. Ese pitillo que hurtamos a la cajetilla como si de un ritual de seducción se tratara. Hay quienes bailan el cigarrillo entre sus dedos lenta, despaciosamente, prolongando y prologando el momento previo al encendido. Otros en cambio besan el filtro directamente de la cajetilla con su boca entreabierta con exquisita seguridad y aplomo. Hay quien moldea el pitillo a su antojo esperando el momento preciso para encenderlo. Los que golpean la boquilla contra su reloj, o los que se lo llevan a los labios y demoran intencionadamente su inicio. Una ceremonia sacrosanta donde no se exigen protocolos lacrados. Un surtido inagotable de recursos que esculpen nuestro perfil: mecheros, encendedores y cerillas, pitillos con filtro o sin él, cajetillas duras o blandas, tabaco rubio o negro… toda una parafernalia que denota la personalidad del fumador.

Pero lo esencial es esa primera bocanada. Ese instante en que nuestros labios se funden ansiosos recordándonos aquellos primeros besos furtivos. Ahí reside el momento supremo por excelencia. Una primera bocanada, ni muy larga ni muy corta, aspirando el humo que luego se dejará filtrar para liberarlo sin prisa pero sin pausa. Las siguientes exhalaciones perfilan la personalidad del fumador. El impulsivo que la alarga consumiendo con urgencia el sagrado papel. El que expulsa el humo con violencia o el que deja que se marchite el cigarro en su boca lentamente. Un pitillo que requiere doce bocanadas como máximo, dejando entre cada una el tiempo prudencial para que la ceniza iguale el tamaño de la lumbre. Entonces, con un leve toque del pulgar, o el índice según los gustos, se destierra la ceniza para volver a saborear el cigarrillo. Y cuando se ha consumido el comienzo de la marca del tabaco, el placer de ese pitillo muere irremediablemente. ¿Hace un cigarrito?

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